sábado, 29 de diciembre de 2007

Subsistir con apatía

Diciembre 2007.
Entrevista a Carlos Tanco.

Detrás del hombre que encarna a Darwin Desbocatti y hace reír a más de 25.000 personas cada mañana, hay un ególatra que no tiene vergüenza en definirse como un ser tímido y retraído.


Debo aclarar que no soy de los tipos más retraídos y tímidos del mundo, insisto: sé moverme en sociedad, lo hago con bastante eficacia, el tema es que me desgasta y me genera mucha tensión, se justificó Tanco. Justamente, dar explicaciones es lo que más ha hecho en los últimos días cada vez que respondió un mail con preguntas.

Aceptó la entrevista con la condición de que sea por correo electrónico: aseguró no saber controlarse y decir disparates olvidándose de que el grabador está prendido. Sin embargo, el humorista aceptó que lo visitara en su casa para verlo trabajar.
Odio estar en esta especie de posición de divo que pone obstáculos a las entrevistas, confesó en uno de los mails. De verdad no tengo drama en colaborar, pero está ese problemita que debo asumir para no verme envuelto en más estúpidas polémicas mediáticas que me son absolutamente vergonzantes por su vacuidad, por la vanidad y sobredimensión que subyace.
- ¿Tenés confianza en ti mismo?
- Basándome en la empiria recabada debo decir que sí. Soy un ególatra que piensa que tiene cosas para decir que van a terminar interesando y divirtiendo a alguien; eso es, de hecho, mi trabajo. Desde el momento en que uno agarra un micrófono o escribe algo, presupone que al resto le va a interesar, lo cual habla un ego importante. Partiendo de esa base sería de ridículo y afectado decir que no tengo confianza en mí mismo. Con los años me he vuelto una persona tímida, retraída, tendiente al aislamiento. Trato de cuidar que eso no se efectivice demasiado, uno presupone que no debe ser sana la conducta de ermitaño. Soy apático. Esa es la valija más pesada que me ha tocado cargar. Peleo a diario contra eso.Su hermana mayor, Valeria, es quien lo aloja en su casa de dos pisos sobre la Rambla O’Higgins. No hay timbre ni tampoco una plaqueta con el número de puerta. Para entrar, la contraseña es hacer sonar el celular de Tanco.
Valeria abre la persiana de uno de los ventanales. Señalándose la cara me dice: “Como verás, soy la hermana de Carlos”.
Se nota que en esa casa viven niños: lo evidencian las manualidades infantiles sobre los muebles y los rayones de crayolas rosadas en la pared que, sin embargo, no llegan a desentonar con la perfecta limpieza. Esto no quiere decir que no haya desorden: algunas toallas húmedas por el piso y ropa colgada en las barandas de las escaleras incomodan el tránsito por la casa.
En entrevista con Voces del Frente, aseguró ser un tipo rutinario: se levanta a las seis de la mañana, prende la computadora, mientras el café se calienta en el microondas se lava la cara. Hubo una época que me fumaba un cigarro en el baño, el último de la noche antes de irme a dormir. Quiero aclarar que lo hacía vestido y sentado sobre la tapa del water; la forma menos indigna que encontré para llevar adelante ese ritual caprichoso. No sé, en un momento sentí que ese lugar me generaba cierto estado de ánimo que el resto de la casa no, y me apropié de él para mis últimos minutos. Sirva esto como ejemplo de mi inclinación rutinaria.
Carlos trabaja en el segundo piso. La computadora está en un rincón. Tipea rápido y fuerte; no saca la vista del monitor. Googlea muy poco. Prepara su “ayuda memoria” como dice, aunque la improvisación la ve en la marcha.
Mientras escribe mueve la pierna, nervioso, el talón golpea contra el piso, sus medias a rayas marean. Quizá está ansioso por terminar y salir al aire. Era un día particular, su columna se burlaría del procesamiento de Gregorio Álvarez.
Su hermana le pide un walkman para escucharlo. Tanco me ofrece uno, pero no acepto, prefiero oír sólo a Desbocatti, en vivo y en directo. Valeria baja, sorprendida de que va a poder usar el celular como radio. Mientras espera, plancha en silencio, y en la casa sólo se escuchan los dedos de Tanco impactando contra las teclas. La única persiana levantada es la que le da luz natural al humorista para escribir sus guiones.
Uno de los ventanales no da opciones en cuanto a la vista: no hay persianas, se aprecia la rambla; de estar abierto, se respiraría aire de mar. En ese ambiente no hay ni una mesa ni sillones; sólo una gran estufa a leña, un equipo de audio y unos 20 discos ordenados, incluyendo la colección completa de Agarrate Catalina.
Su admiración por la murga viene desde muy chico: Una de mis primeras grandes frustraciones, fue una vez que fui con mi padre al interior (mis padres ya estaban separados, siempre estuvieron separados, es más: yo dudo que alguna vez hayan sido pareja, jo). Al volver de noche, había una cartita en la puerta de mi casa que decía que mi hermana y mi mamá se habían ido al tablado del Tabaré. Fue terrible la sensación de haberme perdido lo mejor, lo que más me gustaba en el mundo.
Ahora es letrista de Agarrate Catalina, la murga joven más consagrada del Carnaval. Conoció a Yamandú Cardozo hace ocho años, pero se integró al grupo cuando ya todo estaba en marcha y habían pasado los momentos más difíciles, casi como un arribista.
Suena el teléfono. Tanco habla menos de un minuto con la productora y avisa qué tema musical quiere para el final de la columna. Comienza a cambiar la voz. Se despide de la chica pero no corta. Mientras espera el saludo de Joel Rosenberg, sostiene el teléfono con el hombro y sigue escribiendo.
A Joel lo conocí en la radio. Lo entrevistamos primero, después le ofrecimos trabajar con nosotros haciendo la columna deportiva de Justicia Infinita. Ahora es mi amigo, cuenta el humorista. Desde el año pasado, Rosenberg conduce No toquen nada, donde Carlos Tanco se transforma en Darwin Desbocatti, quien tiene una participación de no más de 30 minutos al aire. Sin embargo, su columna de actualidad y noticias logra los picos de rating del programa. Según el Buró de Radios, en setiembre 35.200 personas sintonizaron Océano a las 10 de la mañana.

- ¿Cómo surge la idea de trabajar con Joel Rosenberg?
- Joel tenía ganas de armar un periodístico y yo tenía ganas de acompañarlo. El motor es el cariño y el respeto que tengo por él. En este momento me muevo por ese tipo de vectores, no tengo demasiada proyección profesional.- ¿Por qué no?
- No tengo proyección ni personal ni profesional. No puedo ver más allá del próximo mes, del próximo año en algunos casos profesionales bastante obvios: voy a hacer radio, muy probablemente los próximos dos años porque son pre-electorales. Esta es una incapacidad que cargo desde el 2004 o 2005; perdí la capacidad de proyección, no hay certezas, todo es duda y una gran nebulosa.-¿Eso incluye que no pensás ni en casamiento ni en hijos?
- No de forma precisa, concreta. No de forma seria. Todo parece lejano y difuso. Por eso no llega a adquirir el carácter de proyección.Quizá tampoco es presionado, está de novio hace año y medio con una hermosa muchachita de 21 años. Insiste en mostrar que no conoce su rumbo: No sé muy bien para dónde voy, no tengo una meta, una ambición medianamente delineada. Subsisto.

Tengo problemas en la línea, no escucho nada, se queja Darwin. Llámeme de nuevo usted así no gasto, le ordena a Rosenberg. Antes de cortar le pregunta al conductor radial: ¿Está contento?, refiriéndose al procesamiento de Gregorio Álvarez.
Una nena llega a la oficina de Tanco. Camina descalza y tiene la cara rayada. Mira mal a la extraña que le saca fotos a su tío. Aunque tiene sólo cuatro años sabe que debe manejarse en silencio por la casa mientras Darwin está al aire.

- ¿Cuáles son tus influencias a la hora de trabajar?
- Puedo hablar de gente que admiro y de la que he consumido horas de sus productos, pero no sé si son influencias. Uno diría que ojalá, aunque lamento concluir que, pensándolo bien durante dos segundos y medio, no creo que lo sean. Me refiero a Seinfeld, Los Simpson, Mel Brooks, Groucho Marx, Woody Allen, Fontanarrosa, Jon Stewart, Conan O`Brien, Wes Anderson, Charly Kauffman, entre otros.- ¿Disfrutás haciendo de Darwin?
- Sí, me gusta. La mayoría de las veces la paso bien. Eso no quita que muchísimas otras veces cuando corto el teléfono, me quedo convencido de que soy un estúpido y que acabo de hacer el ridículo.- ¿Cuándo te sentís así?
- Hay veces, muchas más de las que me gustaría admitir, que mi desempeño es de medio pelo para abajo. Es una cosa que en lo teórico la tengo asumida, tiene que ver con el ejercicio diario, es inevitable; pero después, en la práctica, cuando me sucede, lo sufro un poco. Cada vez me lo perdono más rápido, de todas formas. Esto último no sé si interpretarlo como una buena o una mala señal, jo.- ¿Esa es tu percepción sobre tu trabajo?
- Sí, claro, es una evaluación sobre mi tarea. Muchas veces me resulta de un rendimiento magro. Es, hipotetizo, algo natural en el ególatra la permanente autoconciencia, y por lo tanto también la autocrítica; no creo que sea una característica del humilde estar revisando todo el tiempo la ejecución de sus tareas. Lo aclaro porque no quiero que se confunda con una postura de falsa modestia.- ¿Hasta dónde transás y negociás?
- Es imposible responder esa pregunta. La cosa funciona así: la situación se impone y uno decide, pero no se puede establecer un esquema previo detallado que contemple cada una de las posibilidades. Sería inútil, y además pretencioso, de una solemnidad absurda. La gente que anda declamando sus principios y agitando la bandera de su propia dignidad me parece un poco patética.


En la columna se dio el lujo de promocionar el libro que dijo va a salir a la venta. Su incitación a comprarlo incluyó un comentario de doble lectura: Consulte con su librero amigo. Guarda con tener amigos libreros. Trate de que no vivan en Maldonado. Hay gente que no le fue bien, dijo nervioso, esperando que su chiste fuera aceptado. Se refería a la muerte de Natalia Martínez, el verano pasado en Piriápolis.

- ¿Con qué temas te limitás a la hora de hacer humor?
- Hay ciertas limitaciones, pero no puedo hablar como si fuera un manual de estilo inamovible. Hubo una época que no se podía hacer chistes sobre el 11 de setiembre porque la gente estaba muy sensible, por ejemplo, pero eso caducó a los pocos meses. En el caso de la mención que hice al librero de Maldonado, fue más dirigida a toda la campaña de demonización del librero de Maldonado, que me parece que es como un poco cómico que se lo conozca así, por ese apuro y excitación infernal que tuvieron los medios masivos con el caso; que a la muerte de la muchacha. De cualquier manera, admito que fue humor negro; pero en realidad mi intención era reírme más del morbo. Repito: a lo mejor fallé, o a lo mejor es una postura naif y afectada la mía, pretendiendo que se lea eso en el mínimo chiste que hice. Creo que cuando el chiste es sobre la estupidez o el morbo popular, y no sobre las víctimas, no es necesario que me lo censure.- ¿Te autocensurás?
- Sí, claro, trato de filtrar las cosas que voy a decir y no tirarlas como sal al churrasco; se llama cerebro eso, y me gustaría poder utilizarlo con más eficacia. Nunca recibí censuras externas, no que yo sepa por lo menos, jo.


La reiterada risa de Tanco por mail es evidente y hasta ridícula. Escribe “jo” cada vez que quiere demostrar un guiño.
Su humor se escucha en la Océano FM, se lee en el Semanario Búsqueda y se vio en Canal 10, en La Culpa es Nuestra. También aparece en Carnaval, aunque no arriba de las tablas, con la murga Agarrate Catalina. Este año Movie Center lo convocó para hacer un espectáculo de Stand Up, aunque sólo coordinó a los actores y aún no se animó a subir al escenario: Fue por falta de tiempo, no me daban las horas para escribir y ensayar. Probablemente haga un monólogo el año que viene, como para demostrar que mi autocrítica no es tan férrea como parece.
- Tu timidez no impide que en la radio te desenvuelvas siendo atrevido. ¿Es porque juegas a ser Darwin o porque la radio te da seguridad?
- La radio me da mucha seguridad por una simple razón: jamás alcanzo a hipotetizar con lo que hay afuera. Para mí es un juego esquizoide entre las personas que están directamente involucradas, los interlocutores, digamos (y cuando hacía radio desde el estudio le sumaba al operador). Somos mis amigos y yo, sabiendo para quién jugamos, pero sin materializar jamás la idea de que un grupo de personas más o menos cuantioso está escuchando.
- ¿Por eso te alejaste de Justicia Infinita?
- Pasaba por un momento en el que no me hacía gracia a mí mismo. No toleraba más estar tres horas al aire haciéndome el gracioso.
- Parece que fueras tan duro contigo mismo como sos con los demás.
- Con la gente que quiero trato de no ser duro, intento decir las cosas de la forma menos dañina posible. Con el resto me importa bastante poco, o sea, trato de no agredir al pedo públicamente: en algún momento me divertía pero ahora trato de evitarlo. Decir una maldad de alguien sin que ese alguien se entere, no creo que sea reprochable.
- Ya en dos ocasiones te justificaste públicamente, diciendo que no copiás a nadie. Primero en La Diaria cuando Lamolle dijo que la Catalina “levantaba” cosas de por ahí. Después, hace poco, cuando Daniel Figares dijo que te hiciste popular “interpretando un personaje inspirado en un 110% en Aníbal Hugo”. ¿Tendés a justificarte o estas situaciones te superaron por ser públicas?
- No creo que tienda a justificarme, pero los hechos parecerían hablar en contra de esa presunción, ¿no? Probablemente no tendría que haber respondido, en ninguno de los dos casos.
Lo de Lamolle sentí que no lo podía dejar pasar porque me acusaba de plagio como si fuera algo normal y esperable. Yo trabajo de esto, mucho y de forma sacrificada, y sentí que no podía permitir que con esa liviandad se me acusara de lo más indigno que pueda existir en este oficio, en un entorno como el carnaval en donde eso se toma como una avivada válida. El tipo que plagia no se respeta a sí mismo, es algo patológico casi. No lo digo en una postura de moralista, lo digo porque creo que nadie que esté cuerdo puede disfrutar viendo cómo funciona (o no) algo que copió, que sabe que no es suyo, y no sentirse indigno mientras recibe los saludos o aplausos de quienes fueron engañados. Me espanta que este señor piense así. Después me quiso enseñar a aceptar las críticas (es bastante fácil extralimitarse en una crítica, acusar, descalificar, y después decir que el que respondió “no sabe aceptar las críticas”, es una falacia tan estúpida como eficaz) y ya de paso a vivir también. En fin, sin comentarios.
Lo de Figares fue distinto. Me avergonzó mucho su columna, ser el centro de esa extralimitación, estar otra vez envuelto en una chotada de esas, formar parte de un sobreentendido tan vanidoso y vacío como que “la gente nos conoce y por eso nos descalificamos públicamente” me resultó bochornoso; así que quería dejar claro que ese era mi estado de ánimo. Y aproveché para aclarar alguna cosa, asumir mi culpa en el papelón por mi impericia cuando me hacen notas, e insistir sobre el concepto de que estamos en una aldea y no existe el star sistem, y estamos haciendo el ridículo si no lo asumimos. Pero no justifico ni rebato nada de lo que dijo Figares, incluyendo su acusación de plagio (que creo se cae por su propio peso).

Su pasaje por La culpa es nuestra fue breve y contundente; si bien no rindió a nivel audivisual, fue muy comentado. Cada vez me molestan menos las críticas, dijo. Su humor no fue tan eficaz como en la radio. No en vano asegura que es el medio donde más cómodo se siente: No me gusta la televisión, tampoco me gusta cómo hago yo televisión, ni cómo se hace televisión acá. Podría haber seguido el mismo camino que seguí en la radio: errarle hasta aprender, reventarme la cabeza hasta que salga bien. Del programa de Canal 10 se fue porque estaba incómodo por varias razones.

- ¿Participaste en La culpa es nuestra para hacerle un favor a Gonzalo Cammarota?
- No. Sí participé en La Culpa es Nuestra porque estaba Gonzalo, de no haber estado él jamás habría entrado, no me habría interesado; pero no fue para hacerle un favor. Lo hice porque tenía ganas de trabajar con él, cosa que disfruto y me enriquece, es decir: saco mi rédito y ahí se diferencia claramente de “hacer un favor”. Además, de paso, intentar aportarle algo a su laburo en la tele. Pero jamás pensé en eso como un favor, ni siquiera estoy seguro de haberlo favorecido demasiado con mi presencia.
Tanco no se sentía a gusto, se notaba ante cámaras. Parece estar más cómodo haciendo de Darwin, escudándose con una identidad que no es la suya. En la columna radial, gesticula como si los oyentes pudieran verlo. Se mueve y se expresa con su cuerpo mucho más que cuando era parte de La Culpa es Nuestra. La televisión no le cae simpática: Para mí está desorientada, no tiene ni la más puta idea de hacia dónde va, ni qué es lo que está haciendo y por qué.
- ¿Carlos Tanco esconde algo en Darwin Desbocatti?
- No escondo nada. No hay ni un ápice de contenido maquiavélico en mis tareas, no hay un sentido que justifique la historia. Sé que debe ser decepcionante que no haya misterio, pero es la verdad.
- ¿Pero Desbocatti no grita lo que Tanco piensa, por ejemplo, a nivel político?
- No necesariamente. A veces se me escapa alguna línea editorial, el humor suele ser editorial, pero en general es sin intención, o cuando me veo desbordado por alguna observación de conducta o discurso que realmente me enoja y la paso por el tamiz humorístico para expresarla. Ese es el peaje obligatorio, nunca digo algo que quiero decir porque sí, si no supongo que puede llegar a ser gracioso, no lo digo.
- ¿Hace diez años te imaginabas ser quien sos hoy?
- Profesionalmente no sé cómo me imaginaba hace diez años. Supongo que habré borrado esas proyecciones por pudor, jo. En general diría que me imaginaba un poco más adulto.
- ¿A quién le pertenece Darwin Desbocatti?
- Obviamente que es mío. Primero porque es una creación individual. Pero además, porque lo que más importa no es la creación, que es muy rudimentaria y básica, sino el método para llevarlo adelante, la voz (me refiero a lo estilístico no a lo fonético), la forma de desanudar los problemas, la decodificación discursiva, etc. La creación no tiene nada, la eficacia, si es que existe, se consigue en la recreación, en este caso específico. Y el que llevó adelante todo siempre fui yo. Es un poco estúpido suponer que es algo que no me pertenece en su totalidad.
- ¿Cómo te definís, a nivel profesional?
- Soy de esos sacrificados que dejan la imagen contraria: de pelotudos que todo lo sacan con talento. Nada más alejado de la realidad. Mi lentitud y mi tendencia a laburar bajo presión, me hacen, muchas veces, aparentar esa cosa que no soy, merced a entregas tardías de guiones, faltazos a reuniones, y momentos caóticos.
- Me refería a qué escribes en un formulario, en el espacio de “profesión”...
- Ah, el espacio donde dice profesión va vacío. En el que dice oficio, podríamos poner, creo yo, y aunque me ruboriza bastante (basta ver todo el rodeo que estoy haciendo): humorista. Por la vía de los hechos me dedico a esto. Aunque suene pretenciosa la palabra humorista.
- ¿Cuál es la función que cumple tu personaje, no en el programa, sino como comunicador en la sociedad?
- Ninguna. Bueno sí, en realidad una, de lo más banal que uno pueda imaginar: entretener. Todo lo demás son grandilocuencias al pedo que tienen los humoristas para hablar de sí mismos... Había una propaganda de un humorista hasta hace poco en la radio que decía, más bien declamaba: “El humor va a salvar al mundo”. Y yo creo que debe ser el mejor chiste que hizo en su vida, aunque haya sido involuntario, claro. Por si fuera poco, es una batalla perdida: nunca, pero nunca, se puede ser más gracioso que el tortazo en la cara, que la vieja tropezándose y rodando en la calle, que el muchacho al que se le rompe la silla y se desploma.
Entiende que pasa algo similar con el periodismo, que habla de sí mismo, en un círculo cerrado que no todos entienden: El periodismo se autoadjudica un rol en la sociedad que, para mí, no es tal. Hay una sobredimensión de su propia tarea. Yo no les creo la del súper-héroe de la ética y la moral que ayuda a funcionar a la sociedad de manera más justa y sana. Creo que puede llegar a ser útil alguna que otra vez, como casi la totalidad de los oficios de este planeta. Además el periodismo suele confundir su micromundo (integrado por ellos, los políticos y nadie más) con el mundo real, y el interés personal o mini-colectivo con el interés de la gente.
- ¿Te referís sólo al televisivo?
- Me refiero a todo el periodismo, como entelequia que se pasa suponiendo que el mundo es el microcírculo en el que se mueven, que piensan que son una de las piezas más importantes de esta sociedad, y que se mandan mensajes encubiertos en sus editoriales y columnas de opinión como si a alguien le importara tres carajos eso.
- ¿Qué tipo de periodismo o de comunicación hace falta en este país?
- No creo que haga falta algún tipo de comunicación en especial, y si la hay sería muy petulante de mi parte señalarlo. Me parece que estaría bueno que los que estamos en estas tareas fuéramos más inteligentes. Lo suficiente como para saber generar la picazón en la gente que nos escucha o nos consume, y la nuestra también, de manera de pensar un poquitito más y mejor de lo que lo estamos haciendo ahora.
-¿Seguís creyendo que es un “insulto a la inteligencia” toda la gente que mira a Ignacio Álvarez o que escucha a Petinatti, como dijiste en entrevista con Montevideo Comm?
- Preferiría no responder eso. No sería elegante.
- ¿Qué hay que hacer para que el periodismo pierda esa sobredimensión de la que hablas?
- No sé si se soluciona, no creo. Además insisto en que es, en gran parte, funcional a su tarea. Si no se creyeran tan importantes para la humanidad no podrían laburar tantas horas, soportar presiones, jugar una carrera constante en contra de la ignorancia (cada tema a tratar es un mundo completamente nuevo y complejo a entender), caminar en la cuerda floja, luchar contra el tiempo, potenciar la inquietud y mantener la energía intacta después de todo eso. Hay veces que el autoengaño es una forma de hacer que funcione la maquinaria sin sufrir grandes cimbronazos.

Todo es excusa, nada justificación

Diciembre 2007.
Posibles causas de la violencia doméstica.
Entender porqué un hombre le pega a su esposa es más complejo que remitirse a los prejuicios colectivos. Alcohol, drogas, pasados violentos, personalidades confusas, son sólo hipótesis que intentan explicar un fenómeno que le quitó la vida a 17 mujeres en el último año.
Cuando una mujer víctima de violencia doméstica pide ayuda profesional, pocas veces va en busca de una razón. Esa ayuda, muchas veces es sinónimo de denuncia: al menos lo fue para las 5.014 mujeres que se acercaron a una comisaría en la pimera mitad de este año. A ellas no le importa saber por qué su hijo le gritó, por qué su padre le pegó o por qué su esposo la obligó a mantener relaciones sexuales. Lo único que quiere es que no se repita.
No se trata de un fenómeno nuevo, pero sí de un concepto que hasta hace unos años no se manejaba. Cuando un hombre le levantaba la mano a su mujer, la prensa titulaba “drama familiar”, o si la situación era más violenta, “crimen pasional”; la gente no comentaba demasiado, porque entendía que era un problema de puertas para adentro.

Empezar a abrir los ojos
Con la aparición, hace casi dos décadas, de las organizaciones sociales que luchan contra la violencia de género, “La sociedad ya no se calla la boca, no mira para otro lado, ni pone la radio más alta”, dijo la psicóloga social Mabel Simois, que trabaja en la Casa de la Mujer de la Unión desde hace 20 años. Argumentó que la sanción social es tan importante que los no involucrados ahora sienten casi como una obligación meterse en el asunto: “Que te digan que sos un golpeador no es lo mismo que antes”.
“Todo acto violento que se podía dar en el ámbito doméstico no estaba conceptualizado como una forma de violencia, sino como prácticas cotidianas”, puntualizó el sociólogo Rafael Paternain, director del Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad, dependencia del Ministerio del Interior. Pero esos actos que podían considerarse habituales, como los insultos constantes; desde 2002, están dentro de la ley 17.514 que establece que la agresión física, la psicológica, la violencia patrimonial y el abuso sexual en la pareja, son consideradas violencia doméstica.
Además, contó Paternain, hubo otros hechos que se dieron desde los 90, que aportaron a formar esta conciencia colectiva: “la reacción del Ministerio del Interior”, con la ley de Seguridad Ciudadana en 1995; la propia ley de violencia doméstica aprobada en 2002 y hasta la influencia de los medios de comunicación. Hoy en día hay unas 20 organizaciones contra la violencia doméstica sólo en Montevideo.
“Este es un proceso que tuvo varias fases, no puedo determinar un punto de quiebre, un hecho detonante”, sintetizó el sociólogo. “Creo que ha ido de la mano con la mejora de los indicadores de información. De hecho la estadística de denuncias comenzó a funcionar a nivel nacional en 2005”. Su pronóstico es negativo, pero honesto: “Aunque los diagnósticos van mejorando, las respuestas al problema siguen estando muy lejos de articular un verdadero plan nacional de lucha contra la violencia”.
Si la discriminación se aprende, si la agresión es evitable y si la violencia es inherente al ser humano, son dudas que tienen los estudiosos del tema.

Cada cual que atienda su juego
La cultura machista no se puede pasar por alto. Crecemos en una sociedad patriarcal donde los roles están muy diferenciados, nos indican qué debemos hacer y cómo debemos comportarnos, según se trate de niñas o varones. “En un marco de sociedades machistas, los hombres tienden a reaccionar con mayor violencia -dijo Paternain-. Hay muchos mecanismos de etiquetas que están inscriptos en pautas culturales, pero su naturaleza empieza a hacerse cada vez más criticable.” Agregó que el sistema de socialización sumado a la educación (tanto formal como informal) es clave en el aprendizaje y la interiorización de los estereotipos; las publicidades de productos de limpieza, por ejemplo, son claras evidencias de prototipos de roles asignados.
La dominación masculina excede al mundo occidental: “Es algo que pasa en todas las culturas, aunque de diversa manera”, dijo el antropólogo Marcelo Rossal, haciendo hincapié en ejemplos actuales, como los castigos corporales que hay en el budismo. “En una sociedad donde la violencia es admitida, va a circular sin problemas. Si no es aceptada, va a encontrar frenos en las instituciones sociales”.
Una sociedad machista incluye un alto grado de misoginia, donde la propia mujer se degrada y se disminuye ante la presencia del hombre: ella se autodiscrimina sin cuestionarse su desigualdad. Esto representa el concepto de violencia simbólica del sociólogo francés Pierre Bourdieu: “Los dominados contribuyen a su propia dominación al aceptar tácitamente los límites impuestos, adoptan a menudo la forma de emociones corporales (vergüenza, humillación, timidez, ansiedad, culpabilidad) o de pasiones y sentimientos (amor, admiración, respeto): emociones a veces aún más dolorosas cuando se traducen en unas manifestaciones visibles (el rubor, la confusión verbal, la torpeza, el temblor, la ira o la rabia impotente), maneras de someterse a la opinión dominante”(1).

Cuando se cierra la puerta
“A veces la violencia no está bien determinada: por ejemplo, si son admitidos los gritos en una pareja”, especificó el antropólogo Rossal. Es que como bien dice el refrán popular, cada casa es un mundo; y si en esa casa se vinculan faltándose el respeto, o levantándose la voz, los niños que allí crezcan entenderán que esas formas de relacionamiento son habituales.
La psicóloga Ana María Mendy atiende consultas en la Comuna Muejr de zona 9 (desde la Curva de Maroñas hasta el límite departamental). Siempre brindó “la mejor atención del mundo”, dice entre risas. Está convencida que la violencia doméstica es un problema cultural y que la solución se encuentra en la raíz del asunto: “Es necesario un cambio de conceptos en los roles del niño y de la niña”, pero no sólo en la escuela, también en la casa: la familia es una gran reproductora de situaciones violentas.
La agresión es “natural” para el golpeador, según la psicóloga Ana Nin, quien se niega a utilizar el término “consciente” al referirse a la violencia. El hombre que golpea a su mujer es obsesivo, celoso y machista; pero fuera de su casa se muestra agradable y simpático. “En las mujeres no hay ninguna voluntad de ser golpeadas, pero sí tienen algo mesiánico: creen que con su amor van a poder cambiar al hombre de quien se enamoraron”, dijo Nin, que trabaja en el Instituto Técnico Forense asesorando jueces en casos de violencia doméstica.
Existen dos posiciones opuestas con respecto a la influencia del núcleo familiar en los potenciales actos violentos de los más pequeños: por un lado, los que afirman que la propia historia del golpeador es la que determina sus actos; por otro, la reproducción negativa donde la persona hace lo opuesto a lo que vivió en su infancia.
En el primer caso, estudios internacionales explican que “una personalidad violenta en el ámbito doméstico, tiene antecedentes muy claros en su propia biografía”, dijo el sociólogo Paternain. Así, en los hogares donde se vive el día a día con cualquier tipo de agresiones, hay grandes posibilidades de que la situación pueda repetirse en un futuro.
Simois, la psicóloga social de la Casa de la Mujer de la Unión, sostuvo que “no cualquier mujer” puede ser víctima de violencia doméstica. Existe un estereotipo de aquellas que son golpeadas, pero no es determinante: “Hijas mayores que criaron a sus hermanos, quizá violentadas cuando eran chicas, que veían cómo el padre maltrataba a su madre. Muy apegadas al estereotipo femenino, seguir al pie de la letra qué significa en la sociedad ser madre, ser esposa”.
En el segundo caso se puede dar exactamente lo opuesto: tener un padre que castiga a tu madre y terminar siendo un hombre que idealiza a las mujeres”, ejemplificó Rossal. La psicóloga Mendy también se refirió a esta posibilidad con un ejemplo: “una mujer creció en un hogar donde fue contenida, todo el tiempo recibió afecto y vio a sus padres llevándose bien; pero hoy está frente a una situación de un hombre que la golpea, y no sabe cómo comportarse”.
Históricamente, el concepto de familia cambió “dramática y radicalmente” según el sociólogo Paternain: “Es una institución que nada tiene que ver con lo que era 30 años atrás”. Aumentan los divorcios, los hogares unipersonales y uniparentales; disminuyen los casamientos y, sobre todo en Montevideo, el formato de hogar tradicional (padre, madre, hijo, hija). Pero nada de esto ayuda o facilita las conductas violentas: “No está demostrado que los nuevos arreglos familiares sean potenciadotes o inductores de nuevas patologías, o de hechos de violencia”.

Pasa hasta en las mejores familias
Ni la situación social ni tampoco el nivel económico hacen diferencias a la hora de encontrar víctimas. “Las variables sociales tienen poquísima incidencia: una crisis socioeconómica, los procesos de empobrecimiento, de pauperización, el nivel o el estrato socio económico explican poco”, dijo Paternain. En las clases altas se oculta más, el sociólogo agregó por qué hay mayor cantidad de denuncias en los sectores económicos más bajos: “lo utilizan como un mecanismo de contención y protección más inmediato. En las clases medias o altas hay más resistencia a que el Estado u otras organizaciones intervengan en esos asuntos porque pueden haber razones hasta económicas, patrimoniales, morales que de alguna manera lo obstaculicen”.
A diferencia de lo dicho por Paternain; la subcomisaria Angélica Echevarría, de la Comisaría de la Mujer dijo que la violencia doméstica “en todos lados es denunciada”. Las denuncias nunca muestran la totalidad del fenómeno: son un número sesgado correspondiente sólo a aquellas mujeres que se animaron a llegar a la comisaría de su barrio para intentar cambiar su situación.
Las cifras, sin embargo, le dan la razón al sociólogo: del 2003 al 2006 inclusive, la seccional nº14 de Carrasco, recibió 167 denuncias por violencia doméstica; mientras que en la nº19, de La Teja, hubo 990. Esos números (2) hay que entenderlos dentro del contexto: no podemos asumir que esa es la cantidad de casos existentes, porque según las Naciones Unidas, sólo el 10% de los casos son denunciados. Además, en zonas más pobladas, como el Centro, hay una tendencia a que haya más denuncias, simplemente, porque hay más habitantes. Pero las diferencias saltan a la vista: 151 denuncias en el Prado, y 805 en la zona del Borro y Casavalle.

El vicio de justificarse

Todos los profesionales consultados coinciden en que el alcohol y las drogas son facilitadores de la violencia, pero que no la causan por sí solos. Incluso en la Comisaría de la Mujer, sólo un 10% de las denuncias son adjudicadas a estos vicios: la subcomisaria Echevarría aseguró que la gran mayoría de las agresiones es a causa de un deterioro de la pareja.
No cualquiera que tome alcohol o se drogue (aunque hablemos de las sustancias potenciadoras, como la pasta base o la cocaína) llega a la casa a pegarle a la mujer. “Actualmente se pone la carga causal de un hecho en estos vicios”, aclaró Paternain, “pero lo que no se hace es investigar la causalidad de la adicción”. Según nuestro Código, si alguien en estado de ebriedad o drogadicción agrede a un familiar, está especialmente agravado.

“Llega una mujer, me cuenta que su marido le pegó”, cuenta Simois:
-¿Qué pasó?
-Pobre... perdió el trabajo.
-Ah... Y antes, cuando tenía trabajo, ¿nunca te había pegado?
-Bueno, alguna vez...
Las mujeres aceptaban como normal que su esposo tuviera un mal día, no cuestionaban que les levantara una mano si decidía ir a tomar unas copas al bar.
“Perder el trabajo es la justificación. Pero nada justifica la violencia. Absolutamente nada.” La psicóloga entiende que el acto violento es responsabilidad de quien lo ejerce: “A mí me pueden decir lo que quieran que yo nunca voy a reaccionar con violencia, porque no está en mí. Si yo digo que alguien me provocó es porque pongo mi conducta en el otro, pero mi conducta es mía.”

Una evaluación que necesita soluciones
La situación “es mejor porque la problemática se reconoce”, dijo Paternain; “pero podríamos decir que es peor, porque cuando más reconocemos el fenómeno, más vemos que la calidad de respuesta del Estado es insuficiente: la respuesta policial es mala y la judicial también.” El sociólogo negó la veracidad del famoso dato tan difundido en publicidades contra la violencia de género: “No muere una mujer cada nueve días, en realidad mueren muchas menos”, aunque aclaró que esto no le quita gravedad al asunto. Si mueren menos mujeres, puede asumirse que se deba a la existencia de mecanismos de prevención o de detección temprana que evitan esas muertes. Hubo 29 mujeres asesinadas entre noviembre del 2006 y octubre del 2007: 17 de ellas por violencia doméstica.
Las conductas, asegura el antropólogo Rossal, son actitudes aprendidas, interiorizadas. Ya sea por imitación o reproducción negativa, todos los actos humanos son decisión de quien los ejerce. El pronóstico futuro, igualmente puede ser alentador según Rossal. “Lo que ha demostrado el hombre es que su única permanencia es el cambio”.
Nadie se anima a asegurar si estamos mejor o peor que antes. Ni si cómo solucionar la situación. Todos los profesionales consultados coinciden que es un problema que sólo tendría arreglo cambiando las raíces de la sociedad: la educación, tanto formal como informal, la familia y el entorno donde el niño crece, hasta los medios de comunicación; todos estos factores ayudan a crear perfiles de conducta, roles que adoptamos sin preguntarnos porqué.
Es muy difícil modificar el pensamiento de una sociedad que nace, vive y muere entre discriminación, machismo, insultos y agresiones de todo tipo. Cambiar la educación temprana implica, nada más ni nada menos, cambiar la cabeza.

(1) La dominación masculina, Pierre Bourdieu.
(2) Datos proporcionados por el Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad.